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Quedan pocos años para que se cumpla el centenario de uno de los cineastas más notables de nuestra tradición, e iniciativas recientes como las de la Filmoteca Española y el escritor Javier Tolentino ya han comenzado a balizar el terreno para los homenajes. Homenajes que felizmente pretenden, lejos de estar ceñidos a una efeméride particular, prolongarse en el tiempo para honrar a la figura que celebran. Hablo de Basilio Martín Patino, cineasta libre y radicalmente comprometido con la búsqueda de nuevos caminos para la construcción cinematográfica. Nacido en Lumbreras, Salamanca, el 29 de Octubre de 1930, fue desde el cineclub universitario como dio un primer impulso a su carrera. Al asumir las funciones de programador del mismo, Basilio presentó películas y organizó coloquios con directores, periodistas, profesores universitarios e incluso con políticos locales en un singular foro cinematográfico. Gracias a dichos encuentros, conocidos históricamente como las Conversaciones de Salamanca, fue como alguien dedicado al estudio del cine, al escrutinio de su historia, acabó más tarde por contribuir a la misma (demostrándonos que un proceso es indisociable del otro), acaso de forma determinante y hoy, me temo, algo olvidada.

Durante mucho tiempo, España fue un país con una tradición cinematográfica maltrecha. Baste recordar que Luis Buñuel, el realizador español más reconocido internacionalmente, fue un cineasta en el exilio. Mientras tanto, en el encaje cultural de la posguerra, el cine que sobrevivía lo hacía forzado a revestirse de ropajes folclóricos y puerilmente patrióticos bajo un régimen que imponía un arte propagandístico, una censura férrea y un noticiario (NO-DO) como norma obligatoria de proyección antes de cada película. Dicho protocolo no impedía, por otra parte, que proliferase el anhelo entre los círculos jóvenes de la cinefilia de alcanzar nuevos métodos de realización y de ponerlos al servicio de un bagaje cultural que merecía ser mejor. La propuesta de Basilio fue, pues, también una convocatoria, un llamamiento contracultural que no tardó en encontrar adeptos, los más notables en el extinto Instituto de Experiencias e Investigaciones Cinematográficas.

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Las llamadas Conversaciones de Salamanca | Fuente: El Norte de Castilla

A partir de este momento surge el movimiento conocido como Nuevo Cine Español, gracias al que producciones más modestas comienzan a lograr oportunidades de exhibición motivadas por un enfrentamiento más pronunciado con las autoridades censoras y a las primeras ayudas económicas destinadas a la protección del sector. Al amparo de dicho flujo, muchos historiadores coinciden en este momento como la primera nave nodriza de disidencia al régimen de Franco, eventualmente integrada en su articulación política general por el Partido Comunista de España. Opinión no compartida, curiosamente, por el propio Patino, que consideraba que el relato popular había incurrido en una magnificación de dichos encuentros.

Quizá una de las figuras más decisivas de las que compartían esta sensibilidad fue la de Ricardo Muñoz-Suay, productor y escritor cinematográfico que entendió el enorme potencial de una historia cinematográfica todavía en ciernes y cuyo presente estaba siendo mutilado. El resultado de dicho entendimiento provocó una relación profesional cercana que llevó a Muñoz-Suay a apoyar y a implicarse en proyectos del cineasta tales como su primera película, Nueve cartas a Berta (1965), película donde asumió las funciones de ayudantía de dirección. Basilio irrumpió en el Festival de Cine de San Sebastián de 1966 con este largometraje, un bellísimo simposio de estampas salmantinas surcado por las sombras coercitivas del régimen franquista. En la película, hoy disponible en Filmin, Lorenzo, un estudiante atormentado que regresa de Inglaterra, escribe cartas a su añorada Berta, una joven hija de padres exiliados que nunca ha visto España. A través de sus epístolas tratará de describirle a Berta cómo es el país en el que vivieron sus padres, especulando sobre su sino. Contagiada por ese anhelo de renovación respirado inefablemente en las conversaciones de aquellos círculos, la película cuenta con un montaje de narración fragmentada pródigo a la contemplación, quizá la primera influencia directa en España de la nueva ola francesa y de las teorías cinematográficas que por entonces ya consolidaban Bazin, Resnais, Truffaut, Duras y Godard. Se manifestaban en Nueve cartas a Berta rasgos indudablemente personales, posibles mediante la conciliación de recursos estilísticos como el travelling, la cámara en mano, la elipsis y el fuera de campo con un presupuesto modesto, todo ello bajo el compromiso radical del autor con los temas escogidos.

Es preciso señalar, no obstante, que dichos rasgos personales no están presentes únicamente en la obra final sino en el propio método de trabajo del autor. Alquimista del tiempo, Martín Patino era un cineasta aplicado y proclive al estudio. El salmantino era un ávido y cuidadoso coleccionista que seleccionaba su material mediante una contrastada serie de experimentos con su “juguete favorito”, el registro cinematográfico.

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Imagen de Nueve cartas a Berta (1965)

En su caso, el pensamiento de la imagen, la manera de entender el trabajo como director y su relación con el público, reflejo a su vez de la relación del sujeto con la historia, ha ido cambiando conforme esa misma historia, que es la historia política de España pero también con la historia de los medios. Basilio Martín Patino creció en un período donde ya verdades y mentiras, ficciones y realidades se superponían a un ritmo que sólo los medios de comunicación hacen posible, máxime bajo el control absoluto de las instituciones gubernamentales. Desde los últimos años del franquismo, que le llevaron a un profundo trabajo de revisión y documentación hasta los años noventa, que trajeron esa España tan renovada plasmada siempre bajo su espíritu crítico en El jardín de los poetas y en Andalucía, un siglo de fascinación, la mirada de Martín Patino conduce a nuevas formas de jugar con las imágenes. No es sorprendente, tratándose de un director al que, conforme madura artísticamente en su carrera, le cuesta más aceptar la distinción irrisoria entre ficción y documental, consciente de que este último no es más que otro tipo de juego fingido realidad. Gracias a esta visión emancipadora, el salmantino encabeza un proyecto de televisión comunitaria y experimenta con un periodismo de carácter audiovisual que edita en formato de vídeo. Y ya para finales de los ochenta empezó a trabajar en un proyecto para televisión, Apócrifos (cuyo título es ya suficientemente explícito), espina dorsal de La seducción del caos (1990). En el trabajo de Martín Patino es habitual el desarrollo, reutilización y reconversión de unos proyectos en otros, así como la existencia de numerosos proyectos inconclusos, que el investigador Adolfo Bellido López cifra en una treintena. Todo esto responde a una idea recurrente en el director salmantino de justificar los proyectos no en función de los resultados finales, sino de la necesidad de llevar a cabo esa empresa y el proceso que ésta pone en marcha, sin que en todos los casos tenga que conducir a una obra acabada.

Espejo inmisericorde de los trampantojos y fantasmagorías inherentes a las contradicciones sociales de una época (pero también a la historia del arte, la ciencia y la religión), el legado de Martín Patino es uno que respira inefablemente su tiempo, indigesto para las autoridades franquistas, con las que nunca se mostró sumiso, y absolutamente liberador para el porvenir cultural de España. Cine, por tanto, de elaboración exigente y sacrificada pero de vocación accesible, entendido como acto de conocimiento y de investigación. De esa concepción del cine como método de búsqueda nacen Queridísimos verdugos (1973), Caudillo (1974), Retablo de la guerra civil española (1980), Reflexiones sobre el Santo Oficio en España (1982) y Madrid (1987).

El escritor Manuel Vázquez Montalbán afirma en su reseña de Canciones para después de una guerra (1971) que el almirante Carrero Blanco, una vez fue hecho presidente del gobierno, estuvo a punto de firmar el fusilamiento del cineasta tras un visionado de la cinta. Afortunadamente no fue así y Basilio Martín Patino falleció el pasado 2017 a los 86 años, poco después de haber realizado Libre te quiero (2012), broche de oro a su carrera con el que invocaba por última vez el reencuentro de las imágenes documentales con la fuerza reveladora de la historia. Tal y como cuenta Javier Tolentino en su nuevo libro que lleva el nombre del cineasta, a Basilio Martín Patino “Le ha gustado, sobre todo, el juego, quizá para no dejar de ser niño. Jugar para deshacer el dogma, jugar para utilizar y trastear con símbolos y con la vieja verdad. Basilio no fue lo que muchos dicen que fue, ni documentalista, ni historiador y mucho menos un cineasta político y militante al estilo de Constantin Costa Gavras o Ken Loach. El autor de Nueve cartas a Berta sabía que la historia pertenecía a juglares y poetas, que un verso de Borges, un poema de Paul Verlaine o un texto de Friedrich Hölderlin se acercarían más a la memoria y a la emoción que un tratado histórico. Basilio buscó siempre la empatía con el espectador, sabía que quien pagaba la entrada debía ser el último guionista, el último montador de sus películas. Creía en la fascinación y la magia de la luz proyectada en la pantalla y no podía permitirse repetir y copiar lo que otros habían hecho. Es importante conocer a Basilio, que las nuevas generaciones de espectadores conozcan su cine porque se encontrarán con un mago y un poeta (un Lumière y un Méliès, al mismo tiempo), fascinar para quizá conocer algo más que una historia de amor.

“Naturalmente, me informo lo mejor que puedo, recojo todas las versiones posibles, pero después las mezclo, hago un ‘puzzle’ con los datos, los manipulo y se lo ofrezco al espectador para que colabore, creando él su propia película, como un ser mayor de edad (…)

Ya dije antes que no soy catedrático de nada, sino un cómico que hace películas para entretenimiento colectivo. Reconozco que soy un falsario, que se inventa a otros falsarios para que hablen por mí… Todo es invención, y yo reivindico el derecho a hacer espectáculo, así como acepto que después me lo reprochen, o incluso me lo rechacen. Están en su derecho. Este juego es así”.

-Basilio Martín Patino

 

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